Las emociones son parte fundamental de nuestra experiencia psicológica, con dos funciones principales como son la función comunicativa y la función motivacional. La función comunicativa informa tanto a las otras personas como a nosotros mismos de que algo no está funcionando bien, cuando hablamos de emociones negativas como ansiedad, tristeza, enfado… o de que las cosas están marchando bien o muy bien, cuando tenemos sentimientos de satisfacción, alegría, curiosidad… La función motivacional implica que cada emoción nos prepara para ciertas acciones, no las más útiles en el presente, pero sí las más útiles en nuestro pasado evolutivo. La ansiedad nos prepara para la respuesta de ataque, huida o de búsqueda de cuidado, el enfado para atacar y/o defendernos, la alegría nos da energía para aprovechar el buen momento que estemos experimentando, así como la tristeza nos quita las energías y las ganas de hacer cualquier cosa al entender que ha habido una pérdida o no se están obteniendo las satisfacciones vitales esperadas. La culpa nos da el deseo de reparar y la vergüenza de alejarnos y escondernos por miedo a la burla o la censura social.
Cada emoción tiene su sentido y razón de ser, y si combinamos sus tendencias motivacionales con una buena inteligencia emocional, nos ayudan a enfrentar las situaciones vitales a las que nos vemos expuestos, sacar lo mejor de ellos, defendernos, cuidarnos, protegernos… de una manera efectiva.
Sin embargo, cuando experimentamos malestar emocional suele ser porque estamos estancados en alguna de las emociones negativas. Es posible que, debido a que estemos envueltos en una de las situaciones de las que las emociones nos avisan, sin capacidad de salir de ella, o puede que tengamos ciertas creencias limitantes que activen las emociones no porque la situación así lo pida, sino porque nuestra creencia de la situación lo hace.
A menudo es fácil identificar el desencadenante de una emoción, pero cuando hay un malestar emocional más permanente, cuando trascurre más el tiempo o es muy intenso, es más difícil descubrir el origen de ese malestar emocional, o comprender los cambios que tendrían que ocurrir para que desapareciese.

