Una crisis vital se da cuando nos encontramos en una encrucijada en nuestra vida. Habitualmente vivimos con cierta ruta fija, aunque se suceden acontecimientos inesperados que requieren improvisar y adaptarnos, nuestro plan vital se mantiene intacto, y aunque haya que hacer ciertos desvíos o paradas en el camino, la ruta se conoce y se mantiene fija. Experimentamos cierto fondo de felicidad y satisfacción con nuestra vida, aunque en día a día podamos experimentas momentos de frustración, enojo, preocupación, entusiasmo y alegría… son emociones pasajeras acordes a los avatares que nos ocurren, pero en la visión general y al volver la vista atrás estamos satisfechos con el camino recorrido y con el que pretendemos recorrer.
Sin embargo, hay momentos donde esa ruta que tenía un fondo de felicidad o satisfacción, empieza a tornarse en cierta apatía, tristeza, aburrimiento o enfado. Nada ha cambiado de la ruta, sólo la sensación general. Son más habituales los momentos de frustración, de enfados o de tristeza. Algo está pasando aunque no se sepa qué es. La vida es la misma pero la vivencia de ella es distinta. En otras ocasiones puede ocurrir que sí que la ruta ha cambiado, lo que pensábamos que era un desvío provisional, un parada momentánea, se ha convertido casi sin darnos cuenta en una nueva ruta. Esta es una situación donde conocemos mejor lo que ha pasado, pero no sabemos la forma de volver atrás. Hay una tercera posibilidad, y es cuando dentro de nuestra ruta el camino se bifurca y debemos elegir entre diferentes opciones, cada una con sus ventajas e inconvenientes. Cada una con sus riesgos y promesas…
Todo éstos son causas de una crisis vital, pero ¿cómo se resuelve?
En terapia el objetivo final para resolver una crisis vital es que la persona tome una decisión. No obstante, el proceso es lo fundamental. Ésta decisión no puede ser cualquier, solucionando el problema al estilo Alejandro Magno con el Nudo Gordiano. Ya mucha gente te ha dicho que la hagas así. En terapia se deben explorar tus miedos y deseos que te mantiene en conflicto. El proceso debe ayudarte a tomar consciencia de tus motivos para cambiar y para no hacerlo. De las razones, a menudo inconsciente, que te impide cambiar. Es como construir un mapa de tu vida y del futuro que deseas para sobre él tomar decisiones.
Cuando la persona es consciente de sus miedos fundamentales (los miedos existenciales a la libertad, la soledad, la muerte…) le es más fácil enfrentarse a ellos o buscar rutas alternativas para paliarlos, o incluso tenerlos en cuenta para añadir prudencia a su decisión y evitar males mayores. Y cuando la persona es consciente de sus necesidades y deseos más profundos, puede con mayor libertad elegir el camino que de verdad quiere recorrer. No quizás el más recomendado, no el que las expectativas piden para ella, sino el que libremente elige, el que está acorde con su proyecto de vida.
Una vez realizado éste proceso, podrás construir una nueva trayectoria vital igual o más satisfactoria que la anterior. Las crisis vitales son siempre fuentes de aprendizaje. A veces necesarias e inevitables. Siempre con el riesgo de estancamiento, y siempre con la posibilidad de crecimiento personal y mejora del autoestima cuando se resuelve con éxito.
